Día 40. Carta abierta a los estudiantes de la ocupación pacífica en la escuela 741

Despues de 40 días de vivir una experiencia completamente nueva, la mamá de 3 adolescentes de esa escuela les escribe una carta a propósito del levantamiento de la ocupación pacífica.

Día 40. Carta abierta a los estudiantes de la ocupación pacífica en la escuela 741

¿Qué tienen en común un juego de mesa chino, los mandalas orientales, el trap urbano y el armario de Narnia? En esta escuela: todo. Fueron parte del paisaje sonoro, visual y simbólico durante estos 40 días de ocupación. La escuela quedó transformada en “la toma”: el tiempo quedó suspendido en esa continuidad 24/7, sin feriados ni fines de semana. Acá, decían mis hijos, se comía mejor que en casa.

Pero volvamos a Narnia, ustedes saben: el armario –los armarios, en realidad- que limitaban el acceso a ese sector del colegio en el que funciona el Instituto de Formación Docente, vedado al paso de los estudiantes. Para que los más viejos recordemos la historia: es la II Guerra Mundial y cuatro chicos británicos son evacuados a una casa de campo para quedar a salvo de los bombardeos alemanes. Es una casa señorial, enorme y sombría, un poco lúgubre de tanto silencio: una casa más muerta que viva. Ustedes recordarán que Lucy, la más chiquita de la familia  -a veces son los más jóvenes los que ven aquello que el resto no ve- descubre en una habitación un portal a un mundo de seres geniales, animales parlantes, héroes sin capa y, por supuesto, algunos personajes fríos y malvados. En el armario de Narnia dan ganas de entrar: no es un armario que amordaza, no oculta identidades ni géneros. Al contrario, es el pase a un mundo de fantasía que les permite a los hermanos ser alguien diferente, escapar un rato de la impotencia y el dolor de la guerra, del miedo, de la falta de futuro.

Los armarios de Narnia estuvieron ahí, silenciosos, durante toda la ocupación. Pasaron las Asambleas, los partidos de catán, de las cartas, del go; pasó la incertidumbre, hasta cuándo. Alguna guitarra sonó, alguien lloró, alguno se enamoró. Se rieron mucho. El longboard se convirtió en un ícono. Aparecieron manchas tejidas de color suspendidas del techo. Cocinaron, lavaron platos y baños. Debatieron. Se enojaron.

— Me da mucha bronca que los chicos de la privada tengan clase —, me dijo un día Vera, los ojos llorosos. — Yo sé que ellos no tienen la culpa de lo que nos pasa pero me da bronca igual: los veo cuando salen del colegio y nosotros acá, de casa a la toma, de la toma a La Galesa. Y no digo que quiera ir a una privada, mamá. Ya fui, ya la conozco: sé que es la escuela pública la que me da lo que necesito. —Vera llora, dice hasta con sus manos y abre más los ojos mientras habla del cambio climático, del incendio en el Amazonas que nos tuvo en vilo por esos días.

— ¿Cómo se arregla todo esto? ¿Para qué voy a perder tiempo pensando en la facultad? Tengo miedo de no llegar a hacer lo que me gusta: vamos a estar tan ocupados tratando de arreglar todas estas cagadas que no voy a tener tiempo. Estoy cansada, mamá —dirá luego en voz baja, los ojos llenos de lágrimas.

Habitar este lado de Narnia se puso difícil.

Hay días en que lamento muchísimo por ustedes este golpazo de realidad. Me ha parecido prematuro y excesivo, de una exigencia tan grande que hasta los adultos estamos aturdidos.

Y hay otros momentos en que los observo tan “a la altura de las circunstancias” que pienso que ustedes, como Lucy en la casa de campo inglesa, han intuido lo que nosotros no. Se agruparon, identificaron un objetivo en común, organizaron reglas, establecieron acuerdos, se cuidaron entre ustedes y también activaron frenos cuando hizo falta, mantuvieron impecable el edificio, prestaron especial atención a la manera de decir las cosas, respetaron la formalidad de la Asamblea, apostaron a poner en entredicho las diferencias sin caer en la agresividad permanente. No siempre funcionó bien, claro. Pero en medio del caos y la anomia del entorno, de la falta de palabra, de los mensajes confusos y de la violencia verbal de los adultos pienso en esta ocupación como en un acto contracultural, una verdadera revuelta que a más de uno nos sacó del lugar común, de la respuesta envasada.  

La ocupación funcionó. No habrá conmovido al gobierno provincial como hubiéramos querido pero tuvo otros alcances, insospechados. Nos obligó a reflexionar, a preguntarnos por qué sí, por qué no, qué acuerdos y disidencias mantenemos con el reclamo docente que ustedes apoyan. La ocupación se transformó en tema de agenda entre adultos, la conversación trascendió los límites de las familias de escuela pública. Nos sacó de la anestesia afectiva. Nos hizo hablar.

Y si funcionó, ¿por qué, entonces, se levanta una ocupación? Deben ser múltiples razones, no me atrevería a dar una sola. Esperemos hasta que ustedes puedan asimilar todo lo que vivieron y lo expresen con sus palabras: las que encuentren, en el momento en que sean dichas en voz alta.

Me atrevo sí a compartir una pregunta que dio vueltas en mi cabeza en este tiempo – una pregunta tal vez más dirigida a los adultos que a ustedes- y es qué podemos ofrecerles en términos de pensamiento y no sólo de acción. No me refiero al pensamiento twitterizado, a la reacción improvisada y rápida que cierra un sentido único. Me parece que si nos bancamos la angustia de no entender y nos paramos en la vereda de enfrente del pensamiento predigerido, de a poco aparece el deseo de indagación, de saber, de buscar respuestas en lugares tan fértiles como la historia, la sociología, la literatura, la matemática, el arte.

A mí me parece que esta experiencia es razón suficiente para quedarnos de este lado de Narnia, siempre que nos acordemos del armario que todos tenemos escondido en alguna habitación. Una vez leí que el aprendizaje se produce en los espacios “entre”: entre el juego y el deber, entre la fantasía y la realidad, entre la duda y la certeza, entre la acción y el pensamiento.

Los queremos mucho.

 

** Todas las imágenes de esta nota pertenecen a Aixa Arevalo (Gracias!)


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