Cosas de la pandemia

Hoy hice un esfuerzo por salir de mi jaula de oro. Miré las nubes y le tuve miedo a la lluvia. Todos los días defiendo y rechazo mis propias palabras. A veces, no me reconozco en mi propio discurso.

Cosas de la pandemia

Cosas de la pandemia 

Hoy, hice un esfuerzo por salir de la cama. Como leí en un decálogo de lo que hay –y no hay-que hacer en un confinamiento. Me duché, me vestí con algo distinto a mi pijama y desayuné. Después tomé mate y puse a secar yerba al sol, como en el tango. En Lyon, pocos comercios venden yerba y ninguno está cerca de casa. En Francia, tenemos permiso para salir a lugares esenciales a corta distancia de nuestro domicilio, declaración jurada en mano, de puño y letra. Y yo vivo en las afueras de la ciudad. 

Siendo sincera, hace una semana empecé a escribir un diario en francés, romantizando por completo esta experiencia. El problema no fue haber puesto el foco sobre lo que todavía considero una recuperación histórica de los espacios por parte de las especies no humanas: muchos vimos ya las aguas cristalinas de los canales de Venecia, los delfines en los muelles de Cagliari, en Cerdeña, y los jabalíes paseando por el centro de Barcelona; sino la descripción de mi entorno, que en nada se parece al de la mayoría. El jardín, los árboles y las flores. El rebote de oxígeno por todos mis vértices. 

Aun así, hoy hice un esfuerzo por salir de mi jaula de oro. Miré las nubes y le tuve miedo a la lluvia. Todos los días defiendo y rechazo mis propias palabras. A veces, no me reconozco en mi propio discurso. Manifiesto mi deseo de encierro a los irresponsables. Me enojo con los que piensan distinto. No soy yo la mayor parte del tiempo porque –creo- nadie me enseñó a vivir en un escenario tan surrealista al que no puedo, aunque lo intente, ponerle nombre. 

Antes de seguir, voy a dibujar comillas alrededor de todas mis palabras. La persona que yo solía ser siempre reclamaba responsabilidad a los otros y no perdonaba el mal uso de lo dicho. A su vez, esa persona –que yo solía ser- ya era feroz en su autocrítica, pero estaba aprendiendo a perdonarse. Lamento la insensatez, pero creo que los sujetos pueden hablar de sí mismos cuando habitan espacios verosímiles. Y nada de todo esto lo es. Voy a decir, aunque mañana diga algo diferente, y me lo voy a permitir porque no puedo hacer otra cosa. 

Yo maté. Quizá. Hace poco más de una semana subí a un bus lleno de gente y talvez tosí sobre la palma de mi mano, con la que después toqué el botón para que el bus se detuviera y yo bajara. Recuerdo un grupo de jubilados que tomó también ese bus porque estaban de paseo, como si el mundo fuese todavía un lugar seguro. Y un abuelo, cansado en los ojos y en las piernas y en el alma. ¿Yo maté? O alguien cercano o lejano lo hizo; o todos o nadie. Nunca voy a saberlo, pero siempre voy a vivir sabiendo que no lo sé.

“Cosas de la pandemia”, me dijo mamá y no olvidé la frase. Por ejemplo, que algunos estén construyendo un vínculo más cercano con sus familias de origen, que las sobremesas y los jugos existan otra vez. Que los hermanos mayores cuenten a los más chicos historias de sus abuelos, que la paciencia que antes teníamos con nuestros padres ahora muestre un tinte mayor de ternura y una dosis menor de enojo. Que en la quinta limpieza de la semana haya quienes encuentran tesoros en casa que los conectan con emociones que habían olvidado, ¿con sentimientos nunca antes sentidos? Que las cortadoras de césped y las cajas de herramientas mantengan oculta la angustia que provoca asumir que ya no elegimos a aquellos con quienes todavía vivimos. Que otros confirmen que, en realidad, no necesitaban tantas cosas para ser felices, pero que hubiese sido lindo mirar por la ventana del coche el azul del mar camino al trabajo, o el gris húmedo del asfalto desde el colectivo. Todo, menos la pantalla del celular. Que sí era un buen momento para ir juntos al cine. Que la cena en ese restaurante de culto, merecía tenernos presentes en cuerpo y mente. 

Hace diez días, con el ánimo raro, hubo una luna llena distinta. Algunos dijeron que por el deshielo, en el hemisferio norte, los gusanos empezaban a salir de la tierra. Encontré dos en la casa, en mi habitación, y leí en algún lugar que lo oculto empezaba a quedar expuesto. 

Cosas de la pandemia: que un país, desde sus células más minúsculas, descubra la miseria de sus habitantes; que la pobreza tenga piel y que todo salga a la luz… por ejemplo, el egoísmo. El miedo a morir. Y a matar. 

El virus está suelto, buscando hambriento huéspedes perfectos para mutar y multiplicarse. Absorbe también a los medios de comunicación que, hoy, ante los oídos de los confinados, parece que reproducen ruido. Mientras tanto, las redes sociales sirven de vehículo y creación de esas campañas de concientización tardías o ausentes por parte de los gobiernos. También ofician de paréntesis de humor, porque el humor todo lo puede y lo permite y lo tolera.

El grado de sensibilidad aumenta y cada palabra que emitas puede ser usada en tu contra. Incluso y quizá más que cualquier otra cosa, la poesía. La poesía, también, tiene el deber de ser responsable ahora. “No romantizar lo que pasa”, leí, frente a esa maravillosa metáfora de jaulas de mi escritor contemporáneo preferido. 

Las crónicas de jardín quedarán entonces ocultas en cartas escritas por personajes, dentro de libros y ficciones. Quizá en este contexto, esté bien así. 

Debo decir, no es esta la masa crítica que imaginaba cuando, académicamente, aprendía acerca de la importancia de escuchar todas las voces y comprender que la realidad de la que hablamos es también una construcción que elige, eleva, anula, silencia. Elimina. Una masa crítica capaz de ponerlo en duda todo, de problematizarlo y hacerlo carne. Una masa capaz de respetar, incluso, la disidencia. Pero me encuentro cara a cara con una masa que critica todo, que no es lo mismo. 

El peligro es, quizá, que en el ruido se pierda el eje de lo importante, que ahora también es lo urgente, que ahora también es lo prioritario. Y que en realidad es muy simple. Eso en lo que todos coinciden: la importancia, fundamental y absoluta, de quedarse en casa para que los sistemas de salud no colapsen. 

Cosas de la pandemia -dijo mamá- y reaparece en la zona una abeja gigante que, aparentemente, hasta hace muy poco estaba en vías de extinción. Paradoja que nosotros, simples mortales confinados, también lo estemos: viendo desaparecer en cada cifra, cada noche, a nuestra propia especie.  

Me pregunto si seremos capaces de entenderlo todo, lejos de la foto del desastre. Incluso lejos del bálsamo de tan hermosa empatía. ¿Qué va a pasar cuando el toque de queda termine? ¿Correr a los bares? ¿Subir a los trenes? ¿Apropiarnos, otra vez, de lo que nunca fue nuestro?

Cosas de la pandemia. Por fin ver el acto heroico del juramento hipocrático. Y sabernos humanos, humanos todos, ahora que se detuvo el mundo. 

 


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