El Historiador, el Militante y la Corrupción

Problemas y límites a la hora de buscar objetividad

El Historiador, el Militante y la Corrupción

Muchos periodistas, intelectuales y personajes del mundo público han destacado durante los últimos años la importancia de la vuelta de la política y la militancia.
En el caso de algunos historiadores y universitarios, rescatan como positivo el sentido
de la militancia como una herramienta de lucha social. Tal vez sería importante relativizar un poco la cuestión.
¿Es válido ser militante a la vez que historiador? ¿Hasta dónde la militancia no se contradice con la necesidad de producir conocimiento objetivo?
Si la militancia por una causa se traduce en realizar un aporte significativo a la justicia social o a la preservación u ordenamiento de la naturaleza es, por relevancia ética, una tarea loable.
El problema que suele aparejar la militancia es su nivel de falibilidad y la consecuencia indeseada que puede significar la falta de conocimiento objetivo acerca de los mecanismos de la realidad así como de las implicancias que algunos actos tienen sobre su entorno.
En el caso de los historiadores, la militancia no puede ser absoluta, sino reflexiva: militar de manera ciega puede resultar una paradoja si se tiene en cuenta que la tarea es registrar hechos, procesos y producir conocimiento.
Desde luego, investigar cuestiones del pasado lejano genera un sentimiento de comodidad metodológica que difícilmente afecta al historiador. Pero dar cuenta de los temas cercanos –o del presente- lo coloca en el medio de una vorágine que se agiganta cuando tiene que ver con temas políticos nacionales y locales; ni hablar si se trata de cuestiones que tienen que ver con las problemáticas sobre las cuales milita. Ahí si que comunicar sus hallazgos de manera objetiva se complica terriblemente, colocándolo en una situación que no tiene muchas salidas.

Sobre el historiador y el juez
La diferencia entre el historiador y el juez ya la hemos abordado anteriormente, pero es bueno recordar que si bien los trabajos de uno y otro se diferencian, también se parecen. Ambos buscan la verdad a partir de herramientas investigativas ordenadas y más o menos prolijas. Ambos buscan la objetividad de los hechos, pero los diferencia dos cuestiones: los objetivos de su búsqueda y los requisitos de legalidad de los hallazgos utilizados a la hora de juzgar. El objetivo del juez es dictar sentencias conforme a derecho; el del historiador es llegar a la verdad para relatarla.
En este sentido el juez está atrapado en una maraña legal que conocen todos los interesados y participantes del proceso, el acusado, sus abogados, las víctimas, etc. Por cuestiones técnicas hay pruebas que no podría utilizar aunque las viera claramente. Debe descartarlas por vicios de nulidad.
El historiador, en cambio, sí las puede utilizar, ya que no posee ese corset que le impide
validar sus hallazgos. En este sentido, el historiador tiene ventaja.
 
La variable de la disonancia cognitiva
Un planteo interesante que aporta a entender los límites de la militancia y la búsqueda de la verdad histórica es el punto que se refiere a la disonancia cognitiva.

El psicólogo León Festinger 1 escribió un libro muy interesante en el cual planteaba la idea de Disonancia Cognitiva. La misma se refiere a las tensiones psicológicas que se ponen en juego a la hora que una persona entra en conflicto con dos ideas contradictorias, activando un mecanismo que tiende a crear argumentos no reales para complementar dichas ideas. Por ejemplo un empleado del Estado que estando en contra de la tortura es obligado a torturar a alguien. Su mente entraría en una serie de conflictos que lo harán sentir tambalear en sus convicciones y puede, para resolver sus contradicciones, acomodar sus pensamientos y terminar justificando la acción de torturar como un mal menor para un fin mayor que tiene que ver con la defensa de la nación. 2

Festinger realizó un experimento en el cual dos grupos de estudiantes fueron obligados a realizar una tarea sumamente aburrida. Al primer grupo se le pagó 1 dólar y al segundo grupo 20 dólares a cambio que le comuniquen a una tercera persona que el
trabajo había sido divertido. 3 Así lo hicieron.
Luego de una semana se contactó a los sujetos para ver cómo se habían sentido con respecto a la tarea. El grupo que recibió más dinero contó que la tarea había sido aburrida pero como les pagaron bien mintieron sin problemas ni remordimientos.
Pero cuando se les preguntó a los que habían recibido un solo dólar, muchos de sus integrantes dijeron que la tarea había sido divertida. ¿Cuál fue la explicación de Festinger? Que el grupo que recibió un solo dólar no tenía una forma de justificar su mentira por un valor de tan poca monta, por lo que, para poder sentirse bien y resolver su malestar interno, tuvieron que modificar sus percepciones para con el experimento.
Jorge Lanata utilizó este concepto de Disonancia Cognitiva (aunque mal explicado) para intentar explicar por qué los menos favorecidos por los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner apoyaban tan fervientemente su modelo, más allá de los datos objetivos que indicaban que muchas de las políticas no favorecieron a los más humildes.
¿Y dónde quedan los historiadores? Creo que en contextos militantes sufren algún fenómeno similar que nubla la agudeza investigativa esperable.
Hace un par de meses estuve intercambiando una charla amigable con una investigadora del CONICET defensora del modelo kirchnerista, que estaba pidiendo una visa para entrar a Estados Unidos. Me contó que trabajaba en la UBA en tres cátedras, pero sólo le pagaban en una, porque por ser investigadora del CONICET no podía tener tantas horas rentadas por cuestiones de incompatibilidad. Le pregunté cuánto le pagaban como investigadora y me respondió, en voz baja, “15.000 pesos por mes”. Le pregunté si con esa plata podía afrontar todos los gastos de sus investigaciones, transportes, comida y el viaje a EE.UU. de su pasantía y gastos generales. Me respondió, visiblemente avergonzada ante la pregunta: “sí, la verdad es que estamos precarizados”.
No entendí muy bien por qué defendía con tanto fervor el modelo de Ciencia y Técnica y afirmaba que la cuestión educativa marchaba bien, a sus ojos. Acaso fuera, realmente,un caso de disonancia cognitiva.
Si uno es crítico, debería sincerarse sobre la precarización laboral de los docentes e investigadores tanto en el gobierno anterior como en el de Macri, ya  que es una verdad objetiva, sin importar quién gobierne. Esta docente-investigadora militaba a favor del
gobierno anterior y es probable que cuando regrese de Estados Unidos podrá señalar
(con toda razón, por supuesto) que el actual gobierno debe invertir en educación y
ciencia, aún cuando anteriormente defendió la misma política.

Investigar la corrupción
Un juez puede determinar la inexistencia de un hecho de corrupción por tener que abstenerse de utilizar ciertas pruebas o por otros tecnicismos legales referidos a la naturaleza de la obtención de las mismas o, inclusive, por juzgar que ciertos actos no representan delito. El historiador tiene ventajas superlativas en este sentido, ya que casi todas las pruebas, mientras sean reales y comprobables, servirán para contar lo que pasó, represente o no delito para un juez.
Si tomamos el caso de Boudou y su DNI, que atestigua que vivía en un médano, el juez podrá dictaminar que no hay delito porque el DNI, en el contexto presentado, sólo acreditaba identidad y no domicilio. El historiador podrá afirmar sin tapujos que el ex vicepresidente mintió por alguna razón de conveniencia. Así de simple.
Pero el caso de Boudou es menor comparado con el de Lázaro Báez. Mientras un juez podrá decir que lo que cometió es fraude fiscal, un historiador que cuente con las mismas pruebas podrá afirmar que las acciones del empresario fueron propiciadas y blindadas desde el Estado. Tendrá pruebas y evidencias sobradas para dicha afirmación y es lo que quedará escrito en la Historia.
El problema se da cuando el historiador es militante de alguna causa que tenga relación con algo de lo que investiga.
Desde la lógica formal no habrá problema para establecer una incompatibilidad entre el pensamiento militante del investigador y el objeto y dimensión de su investigación. En lo personal, es muy difícil afirmar que se pueda establecer un filtro de objetividad entre
el sujeto que investiga y el objeto o hecho a ser investigado. Tanto si el historiador militante está a favor o en contra de algo, siempre habrá un sesgo de intencionalidad (consciente o inconsciente) que dirigirá el pensamiento del mismo a favor o en contra de tal grupo social o sujeto específico.
En todo caso, habría que partir de la idea de que un historiador no necesariamente debe confirmar lo que pensaba por afición política sino esforzarse por conseguir llegar a la verdad cueste lo que cueste, inclusive si el precio de la misma es su propia convicción militante.

La simple ignorancia de los hechos.
Tal vez la necesidad de defender a un determinado modelo de Estado o grupo político nuble la objetividad tanto como la disonancia cognitiva, pudiendo desencadenar en una arista casi surrealista para quien pretende indagar sobre la verdad de los hechos: la negación de la realidad produce otro mecanismo de distorsión aún más perverso: la capacidad de desconocer lo que ya fue establecido y probado como verdad.
Los mecanismos antes analizados que contribuyen a la ceguera encuentran otro agravante en la distorsión absoluta del pasado.
Un ejemplo de estos efectos militantes lo constituye la relación simbólica de las Madres de Plaza de Mayo y el régimen dictatorial que los Castro llevan adelante en Cuba desde 1959.
Cuando las damas de blanco denuncian la existencia de presos políticos y persecución ideológica en Cuba, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo reaccionan contra las damas cubanas y defienden a Fidel y Raúl Castro negando dos realidades básicas: la primera es la existencia de un mecanismo de represión en la isla y la segunda, aquella que las atañe más directamente, es que Fidel Castro siempre apoyó a la Dictadura Militar en la Argentina. Esto significa que cuando las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo denunciaban los vejámenes del gobierno militar, Fidel vetaba las comisiones investigadoras en la ONU diciendo que en Argentina estaba todo bien, al mismo tiempo que encubría internacionalmente las torturas que sufrían los secuestrados en los calabozos de la ESMA.
La Madres y Abuelas defienden hoy a la dictadura cubana, aliada de la URSS, que era a su vez la principal compradora del trigo argentino en aquella época, y que callaba sobre las torturas simplemente por cuestión de negocios.
¿Las Madres ignoran los hechos que ellas mismas vivieron? ¿Los historiadores también? ¿Dónde está el rigor histórico? Cabe preguntarse si la disonancia cognitiva y la militancia generan ceguera, o si simplemente deforman e ignoran los hechos que evidencian contradicciones observables a simple vista.
 
Otros mecanismos aún más burdos.
Si bien abordamos las cuestiones que creo fundamentales a la hora de indagar sobre historia, política y corrupción, hay otras lógicas menos formales que cierran el círculo de la ignorancia y la negación.
Cada día aparecen más mecanismos que complementan la incomodidad de establecer un análisis crítico y objetivo. Son discursos apócrifos que intentan sustentar una disonancia cognitiva que día a día recibe nuevos embates de la realidad. Sólo enunciaremos dos:
Uno de ellos es negar la realidad ante la evidencia y a través de un discurso que culpabiliza a quien investiga: “¿Por qué se investiga a Cristina y no a Macri?”. Acá la culpa es de quién investiga, ya que se lo muestra parcial ante dos situaciones que no se equiparan naturalmente aunque tienen el mismo grado de injerencia ciudadana.
Otro mecanismo ni siquiera se mete con el investigador, sino que justifica y naturaliza a la corrupción en sí misma: “¿Y qué problema hay con que a Lázaro lo cuidó Kirchner, si los radicales también robaron? Fíjense en De la Rúa…”. La conclusión inmediata es que está bien robar, el problema es que sea el otro quien lo descubra. Ya no se trata siquiera del “roban pero hacen”.
Esto representa la consumación de la disonancia cognitiva, ya que permite tanta laxitud que se naturaliza la idea de la corrupción como elemento constitutivo del Estado, al tiempo que lo ético y lo público ya no pueden ser abordados como convicción.

Buscando caminos
Si buscamos la objetividad no la encontraremos en ninguna militancia que sea a favor o en contra, sino a partir de una actitud abierta y dialoguista pero, sin lugar a dudas crítica. Ahora bien… ¿De qué crítica hablamos?
Básicamente se trata de estar atento a reconocer los propios límites basados en nuestras inclinaciones. Debemos ser capaces de reflexionar sobre el lugar en que estamos parados y tener en cuenta que nuestras propias tendencias y emociones nos juegan en contra.
De la misma manera deberíamos tener muy en claro que la información con la que contamos no es suficiente para nada. Que la realidad es absolutamente compleja y queno tendremos de entrada la capacidad de conocerla en profundidad, lo que nos coloca en
una condición precaria pero no imposible de sobrellevar.
Asimismo debemos tener en cuenta cuáles son nuestros canales informativos y que, en general, distorsionan la realidad quieran o no. Es obvio que cuando algún medio lo desea, cuenta las cosas como le conviene; pero no me refiero solo a esto, hay algo aún peor: por mejores intenciones que tengan, en términos generales los periodistas y los medios no poseen una capacidad interpretativa acorde a la complejidad de la realidad.
En lo que a corrupción se refiere, por ejemplo, son pocos los periodistas que saben cómo es el funcionamiento técnico interno de la IGJ, de la AFIP y de otros organismos del Estado con los cuales no están familiarizados. De hecho ni siquiera saben cómo se liquida el impuesto a las ganancias, aunque todos hablan de ello.
Si tenemos en cuenta estas cuestiones tal vez se podrá comenzar a investigar con cierta seriedad y reflexionar sobre nuestro papel en la sociedad.

 
[1] Festinger, L. (1957). A theory of cognitive dissonance. Stanford, CA: Stanford
University Press. ISBN 978-0-8047-0911-8.
[2] Véanse también los experimentos de Stanley Milgram respecto a la obediencia a la
autoridad.
[3] En realidad también hubo un tercer grupo de control al cual no se le pagó nada pero
no tuvo que mentir. Indagados una semana después, dijeron que la tarea había sido
aburrida.


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