La Historia de la corrupción en el Rio de la Plata: una breve mirada sobre nuestro pasado

"El entreguismo y la corrupción no nacieron con el nuevo país, sino que ya estaban instalados y, en cierta forma, naturalizados antes de la independencia." Breve raconto del nacimiento de la corrupción en Argentina o de la Argentina corrupta

La Historia de la corrupción en el Rio de la Plata: una breve mirada sobre nuestro pasado

Muchas veces nos referimos a las sociedades a partir de un conjunto de rasgos culturales que parecen estar íntimamente ligados a una sociedad o un país en particular. Así como nadie duda de la corrección inglesa, de la seriedad de los alemanes ni de la alegría de los brasileros, a la hora de definir a los argentinos lo primero que suele surgir es la imagen del porteño.

Si bien dicha imagen del porteño no refleja la identidad nacional del país, bien podría hacerlo si lo pensamos desde el punto de vista histórico, ya que fue el puerto de Buenos Aires que marcó el paso obligado del desarrollo de un modelo de argentinidad que para muchos parece lejana pero que no deja de representar la génesis de un cotidiano político o nuestros rasgos fundamentales como sociedad.

Fue justamente en torno a Buenos Aires que se desarrolló éste lado del mundo, allá lejos en la época del imperio español.

Cuando existían las minas de Charcas y Potosí y los españoles explotaban el oro y la plata en el Virreinato del Perú, el puerto de Buenos Aires comenzó a crecer de la mano del contrabando que se filtraba por el complejo hidrográfico que desembocaba en el Río de la Plata.

Los españoles habían tomado la decisión de mandar la riqueza del suelo americano a través de un sistema de flotas y galeones que, fuertemente custodiado, embarcaba y desembarcaba riquezas en los puertos peruanos y panameños, para luego poder atravesar el caribe rumbo a España; cuando lo mejor, más fácil y lógico hubiera sido desplazar las mercancías hacia el puerto de Buenos Aires y luego embarcarlas a la madre patria. Si bien los españoles no lo hicieron, otros tomaron la iniciativa.

La población de Buenos Aires creció a paso acelerado de la mano de los contrabandistas que pasaban el metal y las mercancías por su puerto, embarcando las cargas en buques de todas la nacionalidades que pacientemente habían anclado en las costas cisplatinas. Siendo así las cosas podemos afirmar que no solo la ciudad de Buenos Aires, sino el país que se configuraría en el siglo XVIII había nacido de la ilegalidad.
Montado el esquema resultaba vital para los ladrones ocupar puestos claves en el cabildo de la ciudad, ya que su proximidad al puerto y el manejo burocrático del control de cargas ayudaría a controlar el flujo de lo robado. De esta manera, trabajar en el Cabildo de Buenos Aires se convertía en un factor importante para facilitar la salida del contrabando hacia diversos lugares de Europa. 1

Ya en 1591 (apenas diez años pasaron de la fundación por parte de Garay) era posible acceder a cargos clave que permitían controlar el flujo de mercancías. No importaba ser español ni criollo ni nada, bastaba con comprar los cargos que el rey de España vendía en las subastas públicas que se hacían en Potosí. Sí, como se lee… muchos cargos clave no eran legitimados en elecciones públicas, sino que se compraban de manera legal y descarada ya que el monarca necesitaba dinero en sus arcas. Y se ve que con el correr del tiempo fue necesitando más moneda en sus arcas porque dichos cargos se hicieron vitalicios.

En 1617 un comerciante llamado Juan Vergara compró seis cargos centrales y los repartió entre sus familiares, lo cual significó un negocio redondo en sus negocios de familia. Unos 40 años más tarde, el poder en unas pocas manos hizo que no valiera la pena comprar todos los cargos disponibles para quedarse con el dinero del contrabando; fue así que la corona redobló la apuesta y la Real Audiencia comenzó a alquilarlos.

Unos 40 años más tarde, el poder en unas pocas manos hizo que no valiera la pena comprar todos los cargos disponibles para quedarse con el dinero del contrabando; fue así que la corona redobló la apuesta y la Real Audiencia comenzó a alquilarlos. Para ese entonces los contrabandistas ocupaban cargos públicos que les permitieron control sobre los negocios que la ley prohibía. De hecho, hubo un período que en el cabido que prácticmanente había más funcionarios ingleses, holandeses y franceses que españoles y criollos. Pero fue gracias a los frutos del contrabando que la ciudad creció y se desarrolló. A tal punto se dio la sangría de metales y mercancías que el rey Carlos III decidió fundar el Virreinato del Río de la Plata para de esa manera, entre otras cosas, poner un virrey en Buenos Aires para que controle de forma más cercana el desangramiento de dinero.

Claro que esto fue recién en 1776 y los españoles no podrían saber que este control no llegaría a durar mucho. De hecho, cuando se llevaron adelante las invasiones inglesas las mismas no se dieron por el simple capricho inglés sino que, a espaldas del gobierno español, varios comerciantes habían negociado con Gran Bretaña la entrega del territorio a cambio de ventajosos acuerdos comerciales.

El entreguismo y la corrupción no nacieron con el nuevo país, sino que ya estaban instalados y, en cierta forma, naturalizados antes de la independencia. Y hablando de ello, es importante recordar que el mismo proceso independista no estuvo exento de negociados e intereses contrapuestos.

En 1809 el Virrey Cisneros, obligado por las circunstancias, y por un conjunto de comerciantes, declaró el libre comercio en el Río de la Plata, se vieron perjudicados los contrabandistas que hacían su diferencia a espaldas de las autoridades. Cuando el flujo comercial pareció estabilizarse en 1810 volviendo al monopolio con el imperio español, la situación ya era incontrolable. Algunos criollos volvieron a negociar con los ingleses y el mapa del proceso independista, incluyendo la campaña de San Martín, se demarcó en los escritorios de Londres: los ingleses deseaban un Rio de la Plata independiente para poder establecer el ritmo de sus negocios de la mano de los funcionarios locales que así lo permitirían.

En nombre de la libertad -¿o el del libre comercio?- volvimos a negociar con hombres que robaban y saqueaban. Pocos lo recuerdan, casi nadie lo dice, pero como no teníamos flota propia tuvimos que contratar navegantes extranjeros cuya apariencia estaba lejos de la gallardía del extranjero Guillermo (William) Brown: en parte debemos nuestra independencia a unos cuarenta piratas y corsarios norteamericanos que alquilaron desinteresadamente sus cañones por un precio razonable, lo cual equivaldría a decir que un grupo de delincuentes norteamericanos nos ayudó a ser libres.

Una vez acabada la disputa con España, la independencia representó una mínima transición. En el período posterior se luchó a sangre y fuego por el control del puerto de Buenos Aires y de su aduana; los políticos del momento emboscaban a sus enemigos y los ejecutaban públicamente, pagaban ejércitos personales y espiaban a sus adversarios (basta pensar que el mismo Juan Manuel de Rosas, al gobernar Buenos Aires, controlaba todo un país).

La corrupción se iba naturalizando de tal manera que nadie se espantaba cuando los favorecidos en los negocios resultaban ser los parientes y los amigos del poder de turno.

Nuestra misma historia patagónica se encuentra teñida de las parcialidades y ventajas que otorgaba el poder del Estado. Basta revisar el otorgamiento de las tierras conquistadas en la última campaña al desierto llevada adelante en la presidencia de Avellaneda para ver que la lista de beneficiados correspondía a la nómina de familias que encarnaban a la oligarquía terrateniente nacional.

Con el correr del tiempo, los parámetros de normalidad no mejoraron mucho… si bien se pensó en un país único, en un nacionalidad argentina creada desde el Estado a partir de la inmigración y la instalación de una democracia moderna con la efectiva separación de poderes, el decorrer de nuestra historia mostró desajustes permanentes en estos sentidos.

Un país que nace del contrabando y la ilegaliadad tiene pocas chances reales de generar anticuerpos contra la corrupción si oculta su historia y no se centra en establecer un juicio crítico sobre su desarrollo, resultando muy difícil identificar los diversos niveles de corrupción que permean la lógica del cotidiano.

Tal vez pueda hasta juzgar a funcionarios corruptos que actúan en contra de la ley, aunque no podrá instalar entre su población un estado de derecho que permita poner en foco las corrupciones naturalizadas, aquellas que están cerca y con las que convivimos cotidianamente. Tal vez es fácil identificar un funcionario que trafica drogas o que lava dinero, pero será difícil ver que otro le da el auto oficial a su esposa para que hagas las compras en el supermercado. Son niveles de corrupción diferentes, pero uno es más identificable que el otro porque el cercano, el cotidiano, ya forma parte de nuestra normalidad, de nuestra propia historia a tal punto que a veces no es perceptible y, por ser invisible, parece volverse aceptable.


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