La hamaca

por Diana Bronzi

La hamaca

 
Siéntese en la hamaca con firmeza. Ubique su cuerpo hasta lograr comodidad (el viaje es largo). Ajuste las palmas de las manos, las yemas de los dedos, a los lazos de un lado (del otro). Inspire. El vaivén inicia lento. Reconozca la textura cálida del viento sobre sus piernas, sobre su cuello. Al menos una vez, cierre los ojos. Acompañe el movimiento con una sonrisa, incluso cuando el vértigo le vacíe los sentidos y pierda noción de la materia. No le tema a la velocidad. A veces es necesaria para tomar impulso y llegar un poco más lejos. Hasta el celeste celestial del cielo. Lejos. Hasta perder el control del cuerpo. 
Lejos. Hasta que den ganas de volver al inicio y sea tan tarde. Lejos (cerca), lejos.
 
La libertad da tanto miedo como hamacarse hasta lograr grandes alturas. 
La cadena cruje y parece ceder hasta quebrarse. La libertad también es eso: la posibilidad de caer. 
Y la sensación de volar con las alas gastadas. 
 
Siéntese en la hamaca con firmeza. 
Ubique su cuerpo hasta lograr comodidad.
 
El viaje
Es largo. 
 
Llegue a la cima del aire en un grito que le quiebre las excusas porque volar... 
 
Volar también significa estar a salvo.


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