Madryn en la época de los tambos lecheros

Madryn en la época de los tambos lecheros

El tambo.

La provisión de leche en aquel pequeño Madryn de los años 40 del pasado siglo estaba a cargo de varios tambos ubicados por lo general en los límites del pueblo y consistían en amplios patios que albergaban a cierta cantidad de vacas para su ordeñe y una o dos  dependencias destinadas a guardar la leche hasta la hora del reparto. Contigua a ellas estaba la casa habitación del lechero y su familia.

Donde estaban

Según Pepe Sanz –repartidor de la leche que ordeñaba su padre-, la más antigua estaba ubicada en calle San Martin al 150 (hoy AFIP). Me contaba Pepe que desde la ventana de esa lechería podía ver normalmente a la Panadería Gallastegui que estaba en Marcos a Zar al 450 por lo que nos podemos dar una idea de la escasa edificación en la década del 1920.

Otro tambo estuvo en 9 de julio al 350, propiedad del señor Giménez, padre de Rafael (más conocido como Morrete), Matías, Avelino, Ruperto e Hipólito, mientras que el señor Mateo tenía su establecimiento lechero en Sarmiento esquina 25 de mayo.

Don Francisco Zanotti tuvo su primera lechería en M. T. de Alvear al 350 y luego se mudó a Avda Galés al 950.

Prudencio Fernández (más conocido por Trucha) y su hermano Andrés tenían su Tambo en Juan B. Justo al 550. Luego en Rosales al 400.

En la loma se encontraba el Tambo del señor Sancha y sus hijos Andrés, Pedro y Marcos. Estaba asentado en calle Domecq García frente al actual asilo Hebras de Plata.

Frente a la Escuela Nacional Nº 27 (hoy Nº 84) en calle Sarmiento y Marcos A. Zar se encontraba el tambo del Sr. Aniceto Casado y sobre Mitre al 550 el establecimiento lechero de Lino Lacunza.

Una cuadra hacia el Oeste, se encontraba el Tambo del señor Cebronez  en la esquina de Sarmiento y San Martin.

En el terreno conformado por el triángulo que comprenden las calles 28 de julio, Irigoyen y Gob, Maíz existeria otra lechería. Su dueña era conocida como Doña Matilde.

A medida que Madryn incrementaba su población, estos tambos, por imposición Municipal debían ubicarse en los suburbios del pueblo.

Más o menos en la década del 50, Don Emilio García , un español progresista e innovador instalo un tambo modelo en la calles Rosales, esquina Sarmiento. Sus amplias instalaciones de planta baja y primer piso marcaban una nueva etapa en la actividad que la época moderna demandaba en materia de higiene.

No obstante, la actividad de los tambos locales fue disminuyendo con el ingreso de leche proveniente del valle del Chubut y luego -paulatinamente- por los envasados en el norte del país.

 

Los tambos: un juego de niños.

Ya desde 1938, mi infancia empezó a descubrir aquellos lugares que con frecuencia visitaba con mis amigos. Como la escuela y el ferrocarril, esos Tambos quedaron tan grabados en mi recuerdo que hoy al evocarlos me parece estar presenciado con mis amigos el ordeñe de las vacas en el atardecer del verano, el vaciado de los baldes de espumosa leche en los tachos para el reparto y por allí recibir de regalo un vaso de leche aun tibia que tomábamos con avaricia y rapidez como la cosa más rica del mundo.

En el tambo del “Trucha” Fernández disponíamos de un manso caballo que con Carlitos Aura andábamos mientras realizaban el ordeñe.

Como en el carro distribuidor de leche no admitían más de un chico como acompañante en el reparto y era la locura de cada chico salir a pasear por el pueblo en esos carros, lo tenia a Don Lino Lacunza como conductor de “mi vehículo” y cada mañana que se presentara buena, estaba yo esperando frente a su casa. De allí partíamos y durante casi toda la mañana veía cumplir la rutina del lechero, bajar del carro con el tacho más chico y la jarra que oficiaba de medida, subir y seguir hasta el domicilio del próximo cliente. Cuando agotaba el tacho chico recurría a la reserva de los otros tachos más grandes para llenarlo. Todos esos tachos iban insertados en unos agujeros circulares realizados sobre tablas ubicadas a ambos costados y por el medio circulaba el lechero que subía y bajaba por atrás a través de dos escalones suspendidos. El acompañante debía arreglárselas sentándose en un pequeño espacio que quedaba al final del carro. La cuestión era recorrer todos los barrios. El caballo que lo conducía, que siempre tenía un nombre, era muy querido por el lechero que le mostraba su afecto con sus palabras y cariñosas palmadas. También compartía esos repartos con Aniceto Casado, aprovechando que dejaba leche en casa me trepaba a su carro. Recuerdo comentarios de mis padres y los vecinos respecto a la calidad de la leche, se referían al “bautismo” que tal o cual lechero hacia sobre el producto.

Uno más locuaz que otro pero el lechero era portador de alguna novedad ocurrida en el pueblo y como el peluquero nos mantenían bien informados. El caballo del lechero era muy particular, conocía tan bien el recorrido diario de su dueño que en aquellos lugares de clientes cercanos ,donde el lechero hacia el recorrido a pie, el caballo avanzaba solo obedeciendo un personal sonido vocal de su dueño.

La evolución irrefrenable de la vida va marcando en el alma profundas añoranzas del pasado.

Te fuiste amigo lechero

Por la tarde del olvido

dejando en el sendero

las historias y nostalgias

de aquel Madryn tan querido.

 


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